domingo, 26 de abril de 2009

Pan de Pita con Pate de Morcilla Asturiana

Un poco de historia 

Dicen varios autores que Platón menciona al cocinero que inventó la morcilla: Aftónitas. Nada más concreto hemos podido encontrar al respecto, sin embargo no nos sorprendería que en la casa de Agatón, donde transcurre el ‘El banquete’, todos, incluso Sócrates, comieran morcillas mientras libaban chispeante vino y buscaban la razón primera y última del amor. A fin de cuentas, la morcilla, embutido de sangre de cerdo, vaca u oveja con compañías diversas, conduce inevitablemente a la filosofía, no en vano da sabor y colorea el básico, caliente y circulante fluido de la vida.

Circulación de la sangre 

La sangre, cruda, cocida o frita, y sobre todo mezclada, constituye un importante y extendido alimento proteico: «buen hábito nutricional bueno es el consumo de sangre animal; algunas tribus africanas punzan la vena de una res, sacan un recipiente lleno de sangre, paran el sangrado, y lo consumen«, señala un informe de la FAO. Pero ni judíos, ni musulmanes, ni varias confesiones cristianas, ni –lógicamente– los vegetarianos, están muy de acuerdo. Para los primeros toda carne debe ser ‘kosher’, y para los segundos ‘halal’, términos que significan aceptable o permitido según los respectivos preceptos religiosos; de esta forma la sangre, considerada vehículo del alma, debe abandonar por completo, lenta, ritualmente y sin uso posterior alguno, el cuerpo de la degollada res. 

Saltarse las prohibiciones

Los omnívoros cristianos escogieron interpretaciones menos restrictivas, y arrinconaron mandatos como el indicado en Deuteronomio 12:23: «Mantente firme en no comer sangre, porque la sangre es la vida, y no comerás la vida juntamente con su carne».

La Roma convertida por San Pedro y San Pablo deseaba seguir participando de la ingente cantidad de morcillas que los romanos consumían en tabernas y parrillas callejeras. Morcillas entripadas de sesos, grasa, sebo, cebollas, espinacas, uvas, castañas, piñones, pan, huevos, especias, y una larga lista de combinaciones, negras y chorreantes de sangre, con el cerdo –doble tabú para las cocinas semitas– por protagonista indiscutible. 

Prieta y picante

Aunque morcilla –‘botulus’– y morcillero –‘botularius’– designaba genéricamente al chacinero, y de ahí el berciano botillo y el occidentaliego butietcho’, la palabra asturiana y castellana pudiera derivar de ‘morsu’, bocado, o de ‘mauro’, oscuro.

En la culinaria altomedieval, las reses, cerdos y aves solían rellenarse de morcillas y salchichas, designándose botuli interiores’ al relleno generoso, y ‘botuli edax’ al comedor compulsivo de alimentos selectos, por entonces más un privilegio que una enfermedad. 

Plural y poética

España posee una amplia geografía de la morcilla, y su elogio literario llegó pronto, alcanzando con Baltasar del Alcázar (1530-1606) una apoteosis:

«... La ensalada y salpicón hizo fin: ¿qué viene ahora?

La morcilla ¡oh gran señora, digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella! ¡Qué través y enjundia tiene!

Rústica y modesta, Góngora la nombra símbolo de una vida feliz y sencilla, apartada de famas, riquezas y vanidades:

«Coma en dorada vajilla

el príncipe mil cuidados

como píldoras dorados:

que yo en mi pobre mesilla

quiero más una morcilla

que en el asador reviente,

y ríase la gente».



De todo tipo

La sobria y sabia morcilla asturiana, que mezcla grasa de cerdo, tocino, cebolla, calabaza, pimentón, sal, sangre y orégano con pequeñas variaciones (la calabaza y el orégano van por zonas), poco a poco sale del exclusivo lote companguero y evidencia, con patés y revueltos, exquisitas versatilidades, terreno dominado por la leonesa matachana, fresca, cremosa, especiada, que proviene de una popular carnicería familiar.

La de Burgos, ya sabemos, convierte en estrella al arroz, igual que las cántabras, guipuzcoanas, riojanas y levantinas.

En Toledo pone personalidad, gusto y color la calabaza.

Los gallegos las prefieren dulces, con pasas, piñones y azúcar, contrastes que revolucionan gratísimamente el entorno salado. Y dulces la quieren igualmente los canarios tinerfeños, que la preparan mezclando batata o boniato, pasas, almendras, canela y azúcar. La aragonesa incluye piñones y avellanas. La extremeña y serrana andaluza pican suprema panceta de pata negra...

Ingredientes:

  • Seis morcillas asturianas.
  • Un kilo de calabaza (yo utilice la tipo cacahué).
  • Pan de Pita.
Cocemos la morcilla en una recipiente con agua, previamente pinchamos la morcilla para que no se reviente.

Cocemos la calabaza, escurrimos bien, trituramos el relleno de la morcilla con la calabaza y realizamos un puré con el que rellenamos el pan de pita que calentamos, a mis amigos le pareció fantástico y con el acompañamiento de un mestizaje de Bodegas Mustiguillo del 2007 (http://www.bodegamustiguillo.es).


martes, 3 de marzo de 2009

Albondigas de Choco del Nido de Rodri

A principios de los noventa, en Isla Cristina se encontraba el Nido de Rodri, hoy tiene abierto Bar en La Antilla en las Buganvillas junto al centro de salud, fue ganador de la mejor tapa en la I Feria organizada por el Ayuntamiento de Huelva, como bien nos recuerda Bernardo Romero, trascribo la receta que en su día me dio el mismismo Rodri

INGREDIENTES

·         1 Kg. de choco picado

·         300 grs. de gambas picadas

·         3 huevos

·         2 cebollas

·         2 pimientos verdes

·         1 tomate

·         6 dientes de ajo

·         3 cucharadas soperas de tomate frito

·         unas hebras de azafrán

·         1 vaso de agua y otro de vino blanco

·         aceite, perejil, pimienta negra molida y sal

·         pan rallado

 

El choco una vez limpio hay que picarlo, recomendamos en la picadora. En un cuenco o bol mezclamos el choco y las gambas picadas, los huevos, unos 40 grs. de pan rallado, 2 dientes de ajo, pimienta negra, hasta conseguir una masa homogénea.


Con esa masa hacemos las albóndigas y las freímos en freidora y sin harina. Os advierto: hay que armarse de paciencia porque la masa es muy, muy blanda y cuesta mucho trabajo tanto hacer las albóndigas como que no se desbaraten al freírlas. Ayuda, además de la paciencia, que tengamos siempre las manos bien húmedas y limpias, que el aceite esté bien caliente y que las vayamos friendo de muy poco en poco.

 

Una vez fritas las albóndigas cocemos en agua las cabezas y los desperdicios de las gambas hasta que hiervan. Hacemos un refrito con la cebolla y el ajo restante, los pimientos verdes y el tomate. Añadimos las 3 cucharadas de tomate frito, el agua cocida y colada de las gambas, las hebras de azafrán, el vaso de vino blanco del Condado de Huelva y ajustamos de sal. Dejamos hervir dos o tres minutos y lo pasamos todo con el chino.

 

La salsa anterior se añade a las albóndigas y se cuece todo durante tres o cuatro minutos justo antes de servirlas para que no se ‘empapuchen’. Acompañan muy bien de patatas fritas y de un Fino “El Patriarca” de la Bodega del Diezmo Nuevo de Moguer.

 

El choco congela muy mal (se pone ‘chicloso’ enseguida), hay que consumirlo en un par de días como mucho

viernes, 27 de febrero de 2009

Receta de Albóngidas de Choco




El ilustre onubense y prohombre del renacimiento don Bernardo Romero, en su blog nos la describe el jueves 26 de junio de 2008:

He cogido un choco (Sepia sepia) de poco más de un kilo, lo he limpiado y lo he troceado para meterlo en la un, dos, tres, picadora moulinex. En otras ocasiones lo he hecho a puritito cuchillo, pero uno se hace viejo, qué se le va a hacer. Pues bien, una vez triturado el choco, lo he puesto en un bol y le ha añadido sal, jengibre seco rallado, pimienta de cayena molida, pimienta recién molida, media cebolla rayada o picada muy fina, tres dientes de ajo picados finos y unas ramitas de perejil igualmente picadas. A continuación un huevo crudo y pan rallado. A mover, con las manos, poniéndotelas perdidas, pero es la mejor manera de integrar todos los ingredientes.

Pues ya casi está, porque tan sólo falta hacer las albóndigas, redonditas y no demasiado grandes, y pasarlas por harina para freirlas, pero no demasiado, que simplemente se pongan un poco doraditas. 

Y ahora a elaborar la salsa. Se pica cebolla y ajos, o puerros sólo, como vuesas mercedes prefieran. Se refríen junto a una hoja o dos de laurel y se espera a que la cebolla esté transparente para añadir un vaso de vino blanco del Condado o similar, pero estos afrutados van que ni te cuento. Se trituran unas hebras de azafrán en el mortero, con la sal que vayamos a echar al guiso, y se añaden al refrito que estaremos en una cazuela, que se me olvidó escribirlo antes. Ahora se echan la albóndigas que teníamos medio fritas y reservadas, se cubren con agua y se dejan hervir a fuego lento, hasta que se haga una salsa absolutamente apetecible.

Se sirven en plato hondo, en el fondo la salsa, que deberá estar espesita, y encima tres o cuatro albóndigas para los demás y cinco o seis para tí, que para eso te has parado a hacerlas. Se adorna el plato con culantro (ramas de cilantro fresco) por encima y a disfrutar que son dos días.

Almóndiga versus Albóndiga


Salgamos de dudas:

La Real Academia Española tiene registrada esta palabra desde la primera edición del Diccionario (1726), e incluso en algunas ediciones también ha registrado almondiguilla, normalmente se ha considerado un vulgarismo por albóndiga. Edición impresa: ISBN 978-84-239-6814-5.


El Diccionario Panhispánico de Dudas señala que no debe usarse esta forma, propia del habla popular de algunas zonas, sino la forma albóndigaEdición impresa: ISBN 84-294-0623-9.

El Diccionario esencial no la registra.

Una búsqueda en Google parece indicar que en realidad no está desusada, salvo tal vez en el habla culta.